sábado, 2 de enero de 2010

Hora de la verdad para Colombia y Venezuela


LA ÚLTIMA semana del año 2009, en el marco de la vecindad colombo-venezolana, no escapó a la retórica del gobierno del presidente Chávez, ni despejó el panorama diplomático colombiano sobre el futuro de sus relaciones con un país limítrofe de tanta importancia para el ámbito andino-caribeño y amazónico.

En vista de esta “parálisis” que invita a acciones demenciales y aventurerismos cuyo precio social y político resultarán irreparables para ambas sociedades, el 2010 debe ser el año de la comunidad internacional, con voceros y organismos que generen confianza y credibilidad, incluso, considerar la seria perspectiva de crear una representación que pueda servir de puente y garante para la contención de tales provocaciones belicistas. Ridiculizar al presidente venezolano en programas radiales y televisivos, como construir un blindaje mediático y político alrededor del gobierno colombiano, no son de ayuda, en realidad.

Este asunto, cuya gravedad nos impide seguirlo tratando de forma caricaturesca, obliga a los ciudadanos y organizaciones civiles de ambos países, que aún no estamos atrapados por discursos nacionalistas incendiarios y provocadores, a explorar y proponer caminos que obliguen a los gobiernos y a los grupos de intereses adscritos a ese escenario bélico futuro. No nos interesa acudir a las viejas consideraciones, hoy, además destruidas en su esencia por la retórica vacía de los dirigentes binacionales, tales como pueblos hermanos, comunidad histórica, “Patria de Bolívar”, entre otras expresiones, pues su uso y abuso las han desvirtuado como punto de encuentro: hoy son el punto de referencia del cual debemos huir. Nuestro desafío consiste en algo más sencillo y exigente, a la vez, que nos libere del cautiverio de la historia al cual quieren llevarnos los imaginarios populistas de los dirigentes de esta primera década del siglo XXI.

Nuestro desafío es construir intereses comunes frente a las nuevas condiciones del escenario mundial y subregional. No necesitamos ser amigos, ni jurarnos amor eterno, ni enmarcar esos intereses en la hermandad histórica, y menos, en los referentes libertarios de inicios del siglo XIX, que amenazan con profundizar nuestras divisiones 200 años después. No. Simplemente definir y decidir cómo podemos vivir, como vecinos, con una red de intereses tejidos para fortalecer nuestras virtudes y proteger nuestras debilidades, y eliminar así, de forma progresiva, la inclinación política y partidaria de actuar en pos de hegemonías nacionales imposibles de ser concretadas, o de la promoción de iniciativas político-militares centrífugas que abren las puertas a intervencionismos indeseables por sus efectos disolventes y fragmentadores de propuestas políticas y organizativas que defiendan agendas subregionales más competitivas, de forma influyente, en el diseño de la nueva arquitectura internacional.

Cada semana que pasa, aún en estos tiempos que secularmente se han calificado de reconciliación, fortalecimiento de la amistad e incluso, de invitación a la reflexión útil y prospectiva, como son los tiempos navideños y de cambio de año, el gobierno venezolano se aferra a la tesis de la conspiración internacional en su contra, liderada por Estados Unidos y apoyada sobre Colombia. Por su parte, en nuestro país se consolida la hipótesis de la agresión militar venezolana, articulada a las lamentables y comprometedoras afiliaciones de las Farc con movimientos y organizaciones que se han originado en el entorno gubernamental.

Infortunadamente para los ciudadanos de esta región norte de Suramérica, el clima de desconfianza mutua favorece que cada nueva declaración y acusación alimente la veracidad de esas hipótesis. Por lo tanto, la vinculación de actores que participen con organismos y ciudadanos binacionales en la definición de un código de conducta con efectos internacionales para las relaciones colombo-venezolanas, puede desactivar las prevenciones mutuas, despejar el clima de desconfianza, contener la palabrería ofensiva e incendiaria y comprometer a los gobiernos y sociedades en el diseño de una nueva estructura de relaciones sobre intereses que nos acerquen.Vecinos, amigos, hermanos.

Ser complementarios debe ser el eje de esa acción, y percibir beneficios económicos, científico-tecnológicos y en materia de política exterior, tanto hemisférica como hacia el resto del mundo, debe inspirar nuestros esfuerzos e ingenio para tejer una relación social binacional más cercana a la convivencia pacífica que a la hostilidad y altanería belicista que amenaza con sacrificar la inteligencia y la creatividad mutuas.

La Revolución Bolivariana debe regresar a sus fuentes, es decir, a las promesas de 1999; el nuevo gobierno colombiano que surja de las elecciones de mayo próximo debe garantizar el ámbito estrictamente doméstico de las acciones que se emprendan en el marco del Acuerdo Complementario con Estados Unidos, si éste finalmente llegara a ser aprobado por los responsables designados constitucionalmente para ello en ambos países. Más aún: a partir de las preocupaciones estadounidenses, actuar de forma complementaria con las agendas de seguridad andino-caribeña y amazónica, de tal forma que Estados Unidos sería un miembro más, y no el actor determinante de la convivencia entre gobiernos de la región. ¿Imposible? ¿Inimaginable?
No existe un futuro hipotecado para las nuevas generaciones; de hecho, cada generación tiene la obligación de mejorar las realizaciones de la precedente y legar, a la siguiente, condiciones y experiencias que les permitan transformar y crear realidades sostenibles y responsables con otras sociedades. Ninguna formación social está determinada ni atada a un “destino” que, en verdad, ha sido elaborado o recreado por las ideologías seculares o pretendidamente novedosas. Los siglos XIX y XX nos dejaron testimonios degradantes y horripilantes de ello.

El XXI puede concretarse en escenarios de oportunidades creativas y liberadoras de los miedos colectivos y de las frustraciones generacionales.

Tenemos el conocimiento y los recursos para conducir a nuestras sociedades a situaciones de más prosperidad regional, bienestar colectivo y seguridad individual y familiar. Colombia y Venezuela pueden caminar este sendero juntos, sobre la base de intereses que mutuamente beneficien a sus ciudadanos y organizaciones.

La comunidad internacional, en este año que recién comienza, debe propiciar este reencuentro, sin retórica, sin discursos, sin demagogia, sin oportunismos, y los ciudadanos debemos ser garantes de que ello sea posible. Debemos recordar que en nuestros votos, como electores, descansa la oportunidad de contribuir a su ejecución. Votos por la paz y la prosperidad, como intereses vitales y comunes. Nada más.


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